PLOMÓPODOS



 

PLOMÓPODOS

Me acuerdo, en bachillerato, que un día el profesor hablaba de los pseudópodos. Era en una clase de Biología o Anatomía o Álgebra —una de esas misteriosas asignaturas que en algunos cerebros incompletos (como el mío, por ejemplo), resbalan didácticamente por la corteza cerebral sin dejar mucha huella— y explicaba el profe que los pseudópodos eran unas protuberancias que tenían los organismos unicelulares y que el nombre venía de dos voces griegas: pseudo, que quiere decir supuesto, falso, y podos que significa pies. De ahí pseudópodos: falsos pies; En fin, parece que aquello me impresionó mucho porque fue lo único que se me quedó de los organismos unicelulares.

Ese conocimiento, arraigado profundamente en la memoria, hundido en los rincones del subconsciente —que creí nunca me serviría para nada—, me sirvió, sin embargo, para responderle a un socio que me preguntó de pronto:

—¿A que tú no sabes quiénes son los plomópodos?

—¡A que sí!

Y pasé a explicarle que plomópodo, como es natural, significa pies de plomo.

—¡Eso mismo, mulato, eso mismo! Los plomópodos son esos tipos cautos y cuidadosos, que caminan por la vida despacito, suavecito, como si tuvieran plomo en los pies.

—¿Tu quieres decir, más o menos, los conservadores? Los...

—Los prudentes-moderados, chico.

—¡Ah, los mesurados-precavidos!

—¡Sí, los ponderados-circunspectos!

—¡Ya; los plomópodos!

Y mi amigo, llevado por el entusiasmo (parece que el tema le fascina), me empieza a hablar de los plomópodos y me explica que un plomópodo, por ejemplo, cuando es manager de pelota, nunca se arriesga con el hit-and-run. Siempre toca bola. Y que esa actitud de tocar bola matiza y caracteriza sus enfoques en cualquier actividad. En la playa, el plomópodo no se lanza a la aventura de lo hondo, del fresco azul allá después del banco de arena. No. El plomópodo se baña en la orillita. Y con salvavidas, por si acaso. En la onda buena, la que no entrañe peligro. Ellos son así. Cualquier innovación, por muy pequeñita que sea, les plantea un dolor de cabeza, un conflicto. En el fondo, los plomópodos —aunque estén hablando de computadoras y de las maravillas del mundo electrónico— prefieren los tranvías y la guayabera de lacito.

Ellos son así. Simplemente.

Y entonces, este socio mío me cuenta una anécdota. Dice que estaba en una reunión en la que se discutía un proyecto de carroza para los carnavales. Ahí estaban el director artístico, el diseñador, el coreógrafo, los carpinteros, el económico, el director de la música y el plomópodo. Muy entusiasmados, empezaron a explicar el proyecto. La carroza representaba algo así como la playa. Castillitos de arena, una piscina en el medio, sombrillas y mesitas de plástico (el plástico simbolizaba el progreso), balsas, salvavidas, un bote, las muchachas en bikinis multicolores y de fondo la orquesta tocando:

Cuando calienta el sol

sobre la playaaaa

o si se quería algo más clásico:

Mira, la ola marina,

mira, la vuelta que da;

yo tengo un motorcito que camina palante

yo tengo un motorcito que camina patrás...

Y entonces, en la plataforma central, cuatro maravillosas mulatas con bolsas de playa bailando alegremente al ritmo de la música.

En esa parte el plomópodo hizo una pausa. Quedó serio y pensativo unos momentos y dijo:

—Mmm... ¿bolsas y mulatas? No; políticamente no me gusta. ¿Bolsas y mulatas? Qué va, eso me da bolsa negra. ¡Planchao!

Todos se miraron incrédulamente, pero como lo importante era la idea general de la carroza, pues sustituyeron las mulatas por rubias.

—Por pelirrojas, mejor —dijo el plomópodo, y para consternación general, agregó: —Bien, todo está muy bien, ¿pero y el techo?

—¿El techo? ¿En una carroza de playa?

—No importa. ¿Y si llueve? ¿Y si viene un aguacero y empieza a relampaguear y a caer rayos? ¿Y a tronar? Sobre todo, eso. ¡A tronar! ¡Qué va! Miren, vamos al seguro, vamos a ponerle techo.


Junio, 1970.

 

 

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