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EL TRACATÁN ¿Existían tracatanes en la época en que Arango y Parreño dio impulso definitivo a la música cubana con su famoso Discurso sobre el fomento de la agricultura? ¿Los había en tiempos en que Cirilo Villaverde rodeaba de cariño a una maravillosa mulata llamada Cecilia? ¿Estaban vigentes cuando el venerable Charles A. Magoon —con un fino sentido del estímulo material— introdujo la botella en Cuba? ¿Se hacia sentir su presencia en la etapa en que los filósofos Agapito y Timoteo disertaban por radio? En fin, ¿existía el tracatán en los simpáticos años de los canasta parties y los adornos florales de Trías? Cualquier sociólogo clase B diría que probablemente no, que como se sabe —al igual que el Hombre de Neanderthal, ese horrendo hombre con cara de sapo, el hombre-sapo, el homo sapiens que viene del Pitecantropus Erectus y del Australopiteco— el tracatán tiene sus antecedentes, sus raíces formativas, en etapas anteriores. Pero hablando con propiedad, con todo rigor científico, el tracatán es una bolá distinta y diferente. En cierta forma, el tracatán se emparienta con el majá dinámico. Tiene algunas de sus características —explosividad, ligereza, sentido del equilibrio—, pero la diferencia fundamental es que el tracatán, generalmente, pincha. ¿En qué pincha? ¿Qué hace exactamente el tracatán? Bueno, ya eso es un reto para los especialistas en asuntos laborales y para las computadoras. Definir el contenido de trabajo del tracatán requiere un serio esfuerzo de análisis, imaginación y síntesis. No es fácil. El área que abarca el tracatán es extraordinariamente rica en actividades. Lo mismo parquea un automóvil que organiza una recepción. Cuela café y coordina conferencias de prensa. Se desdobla en animador de actos artístico-culturales y resuelve cigarros. Marca un turno y atiende a un visitante. Hace una colecta para una corona y explica una orientación. Redacta un memo y pone una zapatilla. En suma, entre las múltiples funciones que desempeña un buen tracatán, están las de asesor de relaciones públicas, mensajero, coordinador, rompeolas, consejero, apagafuegos, secretario, juglar, gastronómico, paño-de-lágrimas, animador, chofer, valet, técnico C, niñero... en fin, es multifacético, utility, comodín, all-around. A la luz de la psicología, el temperamento del tracatán combina rasgos del sanguíneo, del colérico, del flemático y del melancólico. Como diría A. Takev en Introducción a la psicología: ...a través de las lágrimas de la tristeza, no secas aún, aparecen de repente las chispas de la alegría; su excitación emocional tiene una expresión exterior vivida, pero los sentimientos no son fuertes ni profundos; cuando está en un nuevo ambiente, se adapta rápidamente; es inclinado a una sociabilidad fácil (...) parece como si tuviera la sangre helada en las venas (...) soporta las ofensas y las burlas; cuando trabaja, manifiesta persistencia y consistencia; nunca pierde la cabeza ante el peligro... El carácter del tracatán —y esto no lo dice Takev, es un modesto aporte mío— es suave y arcilloso, amoldable y plastilínico. Con un c.i. (cociente de inteligencia) normal bajo, el tracatán, sin embargo, tiene una intuición increíble. Su olfato para el peligro es extraordinario. A lo largo de la vida ha desarrollado unos reflejos condicionados muy especiales y sutiles que le permiten sortear las situaciones más difíciles con una elegancia digna de admiración. Tiene una especie de radar conectado al tronco de la oreja que le permite detectar los vientos cambiantes con mayor precisión que un satélite meteorológico. El tracatán es todo un personaje. Y si nos atenemos a que "la aptitud es una cualidad mental de la personalidad que constituye una condición para la realización exitosa de una actividad determinada" (Takev otra vez), llegamos a una conclusión: el tracatán no se hace. Para tracatán se nace. Mayo, 1970. |